Un diagnóstico de cáncer de mama, la pérdida de su trabajo y quedarse sin obra social marcaron el comienzo de un período difícil para Laura Díaz, paramédica y acompañante terapéutica de la ciudad de Córdoba. Meses después, logró superar la enfermedad y decidió contar cómo fue su recorrido por distintos hospitales públicos provinciales.
Te puede interesar
El primer diagnóstico llegó en el Hospital Nueva Maternidad Provincial. Laura recordó que la noticia le provocó tal impacto que, durante aquella consulta, fue su hermana quien tuvo que hablar por ella.
A la preocupación por su salud se sumó entonces la incertidumbre económica. Sin trabajo ni cobertura médica, debía avanzar con estudios y un tratamiento que inicialmente percibía como difícil de afrontar.
El punto de inflexión llegó cuando consiguió una consulta en el Hospital Oncológico Provincial, donde comenzó el tratamiento que finalmente le permitiría superar la enfermedad.
El inicio del tratamiento contra el cáncer
Laura fue recibida por la oncóloga Mariana Martínez, un encuentro que recuerda especialmente por la contención que recibió desde el primer momento.
“Cuando ella me recibió, me dio un beso, un abrazo, como si me conociera hace mucho, y ahí me tranquilizó”, relató.
Según contó, la profesional revisó sus antecedentes y le explicó que, aunque tendría que atravesar un tratamiento invasivo, existía un camino terapéutico definido. También le confirmó que podría realizarlo sin tener que afrontar el costo de la atención.
A partir de allí comenzó un abordaje multidisciplinario que incluyó, además de la atención oncológica, acompañamiento de profesionales de Psicología y Nutrición.
Laura destacó especialmente el vínculo que construyó con el equipo y recordó que su oncóloga incluso la acompañó personalmente durante su primera sesión de quimioterapia.
Quimioterapia, efectos adversos y una red de acompañamiento
El tratamiento también implicó momentos difíciles. Laura sufrió dolores articulares y pérdida del cabello a partir de la tercera sesión de quimioterapia. Durante esa etapa utilizó gorras, pelucas y cascos fríos, que su hermana la ayudaba a cambiar periódicamente.
Gran parte del proceso transcurrió en el denominado Hospital de Día del Oncológico, donde los pacientes reciben los tratamientos y permanecen durante varias horas.
“Es muy cálida la atención, digamos, más allá de que es feo estar ahí, pero en realidad es como que el tiempo que vos estás te lo hacen hacer de la mejor manera”, contó.
La convivencia también generó vínculos entre los propios pacientes. Según relató Laura, comenzaron a mantenerse en contacto y a compartir información sobre los turnos y los lugares donde recibían la medicación.
En paralelo al tratamiento, logró continuar con sus proyectos personales: estudió, rindió exámenes y obtuvo su matrícula como acompañante terapéutica.
La cirugía y el final de una etapa
El tratamiento de Laura también incluyó una intervención quirúrgica realizada en el Hospital San Roque. La paciente destacó que el acompañamiento continuó antes y después de la operación y valoró especialmente el trabajo de médicos, residentes, enfermeros y personal administrativo.
Para ella, uno de los aspectos centrales fue que la atención no dependiera exclusivamente de un profesional. Cuando su oncóloga no estaba disponible, aseguró, otros integrantes del equipo continuaban con su seguimiento.
La experiencia terminó modificando la percepción que tenía sobre la atención estatal antes de atravesar la enfermedad.
“Vale la pena apostar a los hospitales públicos, más allá de los privados, porque es un espacio que no lo tenés en otro lugar. Yo lo resumo como que tengo una familia acá”, expresó.
Tras completar el tratamiento, Laura pudo finalmente tocar la campana del Hospital Oncológico que simboliza el alta y el cierre de una etapa. Un gesto que, después del diagnóstico, la quimioterapia y la cirugía, marcó para ella el comienzo de una nueva etapa.
