A lo largo de sus tres décadas de historia, Blonde Redhead siempre funcionó como una isla de alienígenas refinados dentro de la escena musical. Nacidos en la Nueva York de 1993, Kazu Makino y los gemelos Amedeo y Simone Pace parecían destinados a no cruzarse nunca. Sin embargo, el azar los unió para dar forma a una de las anomalías más hermosas y enigmáticas del rock alternativo.
Tras sus primeros años de furia noise y post-hardcore junto a Sonic Youth y Fugazi, la banda mantuvo una metamorfosis constante. Es difícil no coincidir con quienes los consideran —me incluyo— una de las bandas más indispensables y creativas de la música contemporánea.
Atrás dejaron las murallas de gritos y guitarras distorsionadas para encontrar su voz definitiva en el dream pop cinemático de obras maestras como Melody of Certain Damaged Lemons (2000) o el melancólico y curativo Misery Is a Butterfly (2004) —gestado tras el grave accidente a caballo que sufrió Kazu—. Aquella sanación terminaría mutando, de alguna manera, en el sonido brillante e hipnótico de 23 (2007), el disco que nos enamoró para siempre.
Hoy, tras una etapa de minimalismo extremo y nueve años de silencio discográfico, su aclamado último álbum, Sit Down for Dinner (2023) —inspirado en la obra de Joan Didion—, los muestra en un estado de gracia total, una reencarnación cálida y orgánica que recupera la urgencia emocional de sus mejores épocas cruzada por la madurez del presente.
Este 29 de septiembre, el trío regresa a Buenos Aires para presentarse en el C Art Media compartiendo fecha con Dry Cleaning, en lo que promete ser una velada donde el post-punk crudo se encontrará con la sofisticación atmosférica.
A días de su desembarco en la ciudad, charlamos con Kazu sobre la construcción de su sonido, su conexión con los animales y la constante búsqueda de tensión y belleza.
—Creciste en un entorno muy musical, rodeada de música clásica. ¿Cómo sentís que esto influye a la hora de componer? —La verdad que no me corresponde a mí decirlo... Si me pongo a analizar mi propia música, no creo que haya escrito nunca una pieza clásica, pero siempre me pregunto si la gente llega a escuchar esa influencia ahí.
—Toda esta locura de salir de gira y visitar diferentes ciudades del mundo los aleja un poco de las cosas que aman en casa, de su rutina diaria. ¿Sentís que, de alguna manera, este sentido de desarraigo se refleja en la sensibilidad de las canciones de Blonde Redhead? ¿La música funciona como un refugio para sobrellevar esto? —Es un ángulo interesante y tal vez sea un punto válido. Supongo que, de alguna forma, estamos desplazados de manera semipermanente, y siempre hay un elemento sentimental en el hecho de extrañar lugares, ya sea tu hogar o algún sitio donde pasamos mucho tiempo y al que nos apegamos emocionalmente.
—Repasando su discografía, noto la particularidad de que en cada lanzamiento buscan perfeccionar el sonido orgánico, logrando un gran minimalismo pero sin dejar de lado las distintas capas sonoras. ¿Cómo logran ese equilibrio de tener una canción llena de sonidos sin que se sienta sónicamente pesada? —Claro... las capas generalmente se usan para crear partes que se contraponen entre sí, ya sea para generar tensión, para resaltar la belleza de un elemento en particular, o simplemente para que cada parte viva en su propio mundo y funcione como un universo paralelo. Intentamos quedarnos únicamente con aquellas cosas sin las que no podríamos vivir en la canción.
—Hablando de sonido, otra cosa que siempre noté en sus temas es ese coqueteo constante con melodías que parecen estar en tensión permanente, pero que finalmente resuelven en notas que buscan la belleza y la sensibilidad. ¿Es algo que hacen de forma consciente o fluye con naturalidad? —Esa tensión quizás venga del hecho de que me encantan por igual las notas mínimas —esos momentos donde parece que no pasa nada— y las melodías que son súper bonitas. Básicamente me la paso deambulando y preguntándome qué se siente mejor en cada momento.
—Sit Down for Dinner tuvo que grabarse por separado debido a la pandemia, pero casualmente el título en sí mismo invita a la unión y a sentarse juntos. ¿Creés que fue una forma de reunir a la banda espiritualmente? —La verdad es que no lo había pensado de esa manera, pero tal vez, de forma subliminal, era exactamente eso lo que queríamos.
—Si tuvieras que comparar este último disco con una película, o elegir un director de cine para darle un toque visual, ¿cuál sería? —Cualquiera de las series documentales de Jacques Cousteau.
—¿Creés que tu amor por los animales influye de alguna manera en su forma de componer? (Dicho sea de paso, me encantó el detalle del ronroneo de Penny, es una verdadera caricia al corazón). —Espero que sí... Se me ocurrieron un par de canciones en la cabeza mientras montaba a mi caballo, Harry... y por lo general esas canciones terminaban tratando sobre él. Y sí, siento muchísimo a través de ellos. Vos sabés, los animales y nosotros somos especies diferentes que simplemente estamos vibrando juntos, compartiendo la vida. Y la música también es eso: una vibración que generamos para comunicarnos con los demás. En el fondo, ambas cosas son básicamente lo mismo.
—Después de tantos años de carrera, ¿cómo hacen para seguir exigiéndose artísticamente y, al mismo tiempo, llevarse bien? Mirando hacia atrás, ¿qué sienten que cambió en todo este tiempo y qué es lo único que se mantuvo intacto? —No estoy tan segura de que "nos llevemos bien", pero tenemos una química musical excelente. Creo que los caminos en los que cada uno de nosotros está metido son bastante diferentes entre sí... Sin embargo, todavía nos las arreglamos para unirnos a través de la música, aunque nunca sepamos bien en qué se va a terminar convirtiendo todo eso.
—Para su regreso a Argentina este 29 de septiembre en el C Art Media, comparten cartel con Dry Cleaning, una propuesta que revive cierta crudeza del post-punk contemporáneo. ¿Sentís que esta fecha doble funciona como un viaje natural que une las dos almas de Blonde Redhead: esa energía punk, cruda y caótica de los inicios, con la sofisticación atmosférica que tienen hoy? —A lo largo de los años salimos de gira con Fugazi, Unwound, The Make-Up... bandas que son completamente diferentes entre sí. Creo que la conexión tiene que ver mucho más con que nuestras actitudes se alineen sobre el escenario, más que con el estilo musical propiamente dicho.
—Para cerrar: después de tantos años explorando paisajes sonoros, emocionales y artísticos, ¿cuál es esa pregunta que todavía te hacés cuando te sentás a componer y que aún no terminaste de responder? —No se trata tanto de las cosas que aún no logré... se trata de ese deseo profundo de alcanzar un estado mental en el que podés ver lo invisible. Ese momento donde estás viendo las frecuencias expresándose y sentís la necesidad absoluta de transmitirlas. Es algo que está muy cerca del acto mismo de hacer, porque venías de no hacer nada y, de repente, estás creando algo. Entonces, ahora tenés que descubrir qué es eso que está ahí afuera.
Últimas entradas para su show del 29 de septiembre en el C Art Media ACÁ.
