Si alguna vez te preguntaste cómo se ve un verdadero showman en su máxima expresión, tenés que repasar lo que pasó en el Movistar Arena con el show de Robbie Williams en nuestro país. El último rey del pop transformó su recital en una experiencia inmersiva y masiva, un espectáculo grandilocuente donde la nostalgia y la electricidad se fundieron en una velada épica. Con una puesta en escena enorme y profundamente teatral, el británico demostró que su figura trasciende las décadas. Desde el primer segundo, el magnetismo de su presencia copó cada rincón del estadio.
El inicio del concierto planteó un formato sumamente ambicioso y espectacular. Robbie abrió el setlist pateando el tablero con la incombustible "Let Me Entertain You", dejando en claro que su actitud cocky y arrogante sigue intacta, pero que ahora convive con un artista mucho más vulnerable y autocrítico. La energía continuó en ebullición absoluta cuando sonó "Rocket", su flamante y potente nueva canción grabada junto a la leyenda de Black Sabbath, Tony Iommi. A partir de ahí, la noche se convirtió en una catarata de éxitos: joyas irresistibles como la bailable "Rock DJ" y la inmensa "Supreme" desataron un coro masivo que hizo temblar los cimientos del lugar.
Complicidad futbolera, zapadas inmortales y una banda a puro fuego
Uno de los puntos más altos de la velada llegó de la mano del innegable carisma del cantante y su amor por la cultura argentina. En un momento cargado de cinismo afectuoso y complicidad genuina, Robbie agarró una bandera que le arrojaron desde el campo, donde se lo veía a él abrazado a Diego Maradona y Lionel Messi. Lejos de la demagogia, nos agradeció profundamente por ser el país que le dio al mundo a "los dos mejores futbolistas de la historia". Fiel a su estilo histriónico y desvergonzado, le confesó a la multitud que poco le importa el gol con la mano que Diego le hizo a su país, porque inmediatamente después "vino el gol más hermoso que existe". Esa conexión tan cercana tuvo su guiño musical en "Come Undone", donde el británico cambió la letra original para inmortalizar un grito que hizo delirar a todos: "Maradona, Messi, I'm your son".
Promediando el setlist, la dinámica del show adoptó un carácter más desparejo y libre, alternando momentos musicales brillantes con monólogos hilarantes y excesivos. Tras repasar himnos pop como "Millennium", el británico se tomó el tiempo para presentar a su banda, dándole a cada músico un espacio para brillar. El estadio se convirtió en una rockola gigante donde tocaron fragmentos de clásicos ajenos como Paranoid de Black Sabbath, Seven Nation Army de The White Stripes, We Will Rock You, Ain't Nobody, Let's Get Loud, Just Can't Get Enough y el histórico Hey Jude. La fiesta también tuvo su espacio para recrear sus colaboraciones más famosas al interpretar "Kids" —su recordado hit con Kylie Minogue— apoyado en la voz espectacular de su propia corista. Como si fuera poco, despachó un middle acústico increíble que incluyó pequeñas pinceladas de "Tripping", "Angels" (un adelanto de lo que vendría), "Sexed Up", "Candy", "Rudebox" y "Relight My Fire".
Vulnerabilidad, redención y un cierre eterno en la era del pop
A pesar de estar tocando para una multitud, el tramo final del recital logró una intimidad abrumadora. Robbie se mostró sin filtros, quitándose cualquier armadura escénica. Un instante mágico ocurrió durante "She's the One", cuando le dedicó la canción directamente a una fanática en primera fila llamada Milagros, quien sostenía una remera que decía "Roberto" utilizando la inconfundible tipografía de Oasis. Fue un gesto de pura magia que reflejó lo atento y cercano que está a siempre es con público.
La emotividad escaló a niveles insospechados cuando interpretó "Better Man", acompañado por imágenes inéditas de su reciente película biográfica proyectadas en las pantallas gigantes. Pero el golpe directo al corazón llegó con su magistral versión de "My Way". Mientras cantaba el clásico de Sinatra, las pantallas mostraban un recorrido visual por toda su vida con fotos de su infancia, su adolescencia, la época dorada con Take That, y postales actuales junto a su familia. Visiblemente emocionado, Robbie confesó que su esposa, sus hijos y nosotros, su público, le salvamos la vida.
El epílogo de la jornada fue sencillamente perfecto. Dos enormes baladas como "Feel" y la versión completa de "Angels" funcionaron como la catarsis definitiva para las miles de almas presentes. El público, que a esa altura ya estaba completamente entregado al hechizo del británico, terminó ovacionando de pie un despliegue impecable. Robbie Williams nos demostró que, detrás de toda esa fachada de superestrella extravagante, hay un artista real que aprendió a sanar arriba del escenario, compartiendo su redención con aquellos que nunca lo dejaron caer y demostrandonos a toda una generación que nunca pudo verlo en vivo, que la leyenda es real, él entretiene como nadie.
