La cantautora catalana Silvia Pérez Cruz regresa a la Argentina para presentar su nuevo trabajo discográfico, Oral_Abisal, este sábado 29 de agosto en el Teatro Ópera (entradas en Ticketek acá). En una conversación profunda con Data Música centrada en la materia prima de su arte, la artista desglosa la arquitectura sonora de su álbum, su obsesión artesanal por el audio, la exploración con sintetizadores y la inconfundible mística de su idilio con el público argentino.
La arquitectura de un disco doble: entre la calidez de la madera y el abismo sonoro
Escuchando el disco se percibe de inmediato una dualidad conceptual muy marcada. ¿Qué significan exactamente el mundo "oral" y el mundo "abisal" en esta obra?
Descubrí la dualidad escuchando lo que estaba componiendo. Vi que tenía una necesidad, por un lado, de ir a canciones más conocidas, con más riqueza armónica; y por otro, la necesidad de buscar texturas con armonías simples y sintetizadores, como en otro estado.
Oral se acaba convirtiendo en la parte familiar, la historia de amor. Viene representada por las cuerdas, por la calidez de la madera; a nivel de producción es un espacio concreto donde no tenés que pensar más. En cambio, abisal es todo el abismo: en vez de cuerdas hay metales, trompas, flautas. El mensaje es mucho más social y la producción es más onírica, no quiero que se entienda tanto el espacio. Trabajar estos dos extremos me permite potenciar la propuesta tanto en lo instrumental como en la producción y en el plano visual para el directo.
El trabajo de mezcla y el diseño espacial son extremadamente detallistas. ¿Cómo es tu relación con la búsqueda del sonido?
Sin obsesión, pero con el placer de llegar al sonido que me gusta. El sonido es súper relativo y subjetivo, pero le pongo muchísimo hincapié. Pienso muchísimo en dónde quiero que se ubiquen las cosas en el mapa espacial del cerebro, las evoluciones y las curvas líquidas. Cada sonido tiene una intención: Oral se trató de una manera y Abisal de otra. Me gusta que se perciba, porque suele ser algo que encuentra el melómano, el que va a buscar ese nivel de detalle. Intento que suene increíble en un gran equipo, pero también lo escucho mucho en el coche y con auriculares para ajustar cada capa.
En este trabajo hay un desembarco muy interesante en el terreno de la tecnología y los sintetizadores. ¿Cómo fue esa experimentación?
Lo veo todo como ingredientes, como colores. Me lleva a un mundo de texturas que me apasiona, algo más celular donde notás la textura misma del sonido. Para el disco anterior (Toda la vida un día) me compré en Berlín un Lyra, que es un sintetizador analógico con una textura de burbuja que me encanta. También uso mucho el Fuzz, que es un pedal de distorsión que normalmente se usa en guitarra. Yo lo aplico a mi voz con un delay y una reverb para expresar momentos de rotura. Cuando lo ponés en las voces es maravilloso, podés contenerlo o llevarlo hacia los agudos para lograr una textura increíble.
La huella argentina, el cine y la búsqueda de la imperfección
El disco tiene una presencia muy clara de la música argentina. ¿Cómo influyó nuestro país en el proceso de composición?
Argentina ha sido una gran inspiración. Fui componiendo este trabajo después de girar por allá y de trabajar con Juan Falú, que es el artista que más me ha marcado por su relación con el abismo, la entrega en el directo y cómo entiende el contrapunto en la guitarra: es como si tuviera un coro o una orquesta en la mano. El disco empieza citando una canción del folclore argentino ("Yerba Buena"). También me inspiran los grandes clásicos como Atahualpa Yupanqui y Mercedes Sosa, que me acompaña desde pequeña, e incluso celebro mucho lo que hace Milo J, esa mezcla entre lo viejo y lo moderno.
¿Cómo imaginás el encuentro en el Teatro Ópera con un público tan efusivo pero que a la vez guarda un respeto muy silencioso durante las canciones?
Es curioso, pero la música misma ordena el espacio. Siempre se crea un ambiente de silencio absoluto durante la interpretación y luego la gente entre canciones es súper efusiva. El público argentino es de los mejores que hay: es el más afectuoso, el que sabe expresar con más palabras y celebrar la belleza del otro. Para el show en el Ópera quiero invitar a músicos amigos de la ciudad para recrear el coro y las trompas, para que se pueda entender la obra en su totalidad.
Si tuvieras que elegir una estética cinematográfica para representar "Oral_Abisal", ¿a qué director convocarías?
Para la parte abisal elegiría sin dudas a David Lynch. Pensaba en esa escena tan potente de Mulholland Drive en el teatro: esa búsqueda de lo invisible, de lo abstracto, de algo que te llega por los poros sin necesidad de usar palabras. Y para la parte oral, me gustaría algún director italiano, algo más pegado al cuerpo, a la calle, a la piel y a la sensualidad.
Hoy en día la producción musical tiende a la perfección digital absoluta. ¿Sentís que volveremos a buscar la imperfección de lo orgánico?
El cerebro se acostumbra a la perfección digital y me da cierto recelo, porque cuando escuchás un sonido directo, vulnerable o frágil, te puede sonar "mal". Pero el arte funciona como un péndulo. Cuando la onda ya no se mueva de tan perfecta que es, vamos a necesitar de nuevo la grieta, que algo se rompa. Ya está pasando con mucha gente que vuelve al folclore de su tierra: pasás tanto por el plástico que al final necesitás la piel del tambor para reencontrarte.
¿Con qué se va a encontrar quien escuche el disco o vaya a verte al Teatro Ópera?
Es un disco para escuchar con auriculares, de noche o en la carretera. Ponerlo en el altavoz del celular puede quedar pobre porque se pierden muchas capas. Se van a encontrar con secretos partiendo siempre desde la emoción, con un amor profundo por la poesía, los arreglos y el concepto. Y en el escenario del Ópera van a ver un espacio de respeto y felicidad compartida entre músicos que creo que nos hace falta a todos.
