Cada vez que se abre un debate respecto a la agenda impuesta por el colectivo feminista a fuerza de lucha, insistencia y resistencia, surge un interrogante que gira entorno al lugar que ocupa el hombre al participar de estas instancias. Algunos optan por ignorar de cuajo el recorrido del reclamo “verde”, deshistorizando la problemática y otorgándole los atributos de una moda. Otros, por el contrario, intentan levantar las banderas del feminismo incluso por encima de las propias mujeres y cuerpos gestantes, repitiendo al pie de la letra las consignas impulsadas por dicho movimiento, y enarbolando con recurrencia su capacidad de deconstrucción respecto a prácticas machistas. Algunos directamente eligen evitar opinar, por desinterés o por un mero posicionamiento político basado en acompañar desde un silencio compañero que permita que resuenen las voces que merecen el verdadero protagonismo.
Pero hay otra mirada que se escuchó hasta el cansancio durante el tratamiento en la Legislatura, en los programas televisivos, en las mesas familiares y comunidades virtuales donde los argentinos nos encontramos a discutir sobre los temas de agenda. Se trata de la visión de los moderados, los prudentes, los contrafácticos. Por allí se oye que “la problemática es real pero no hay que hacerlo así”, que “en medio de una pandemia no se puede tratar esta ley”, que “no van a alcanzar los recursos”, que “el gobierno lo usa para distraer” o incluso se usa un supuesto enojo eclesiástico que traerá consecuencias negativas para nuestro país en caso de aprobarse la iniciativa: “¡Justo que tenemos Papa argentino le hacemos esto!”.
En ese supuesto análisis estratégico se puede identificar un denominador común: “No digo que sí, no digo que no. Digo que no es el momento”. Y en ese fundamento, sin hacer mucho espamento, se escapan de la situación concreta de definir si se está o no de acuerdo con la continuidad clandestina de los abortos que ocurrieron, ocurren y ocurrirán.
Resulta sencillo identificar esa postura mezquina por el simple hecho de que pocos estarán libres del pecado de eludir una discusión conyugal aplicando esa misma táctica. Sobre todo cuando sabemos que no tenemos ni la razón ni la coartada correcta. Vamos, ¿quién no se escabulló entre los “hoy no, estoy cansado”, los “mañana lo charlamos” o los “¿tiene que ser ahora?”. Todo con un mismo fin, patear la pelota afuera, sacársela de encima, aguantar el cero a cero y salir de la cancha con la ropa limpia.
Vale la pena, quizás, preguntarse cuál es el límite ético que tienen los cautelosos para jugar a caer siempre bien parados esquivando las tensiones. O imaginar, al menos, qué sería de nuestra sociedad si hubiera primado la voz de quienes décadas atrás evitaron sentar posición sobre el derecho de las mujeres a ejercer su voto, o manifestaban que había que buscar soluciones alternativas al divorcio a pesar de que las personas no quisieran estar más juntas, o incluso, más cerca en el tiempo, también se abstuvieron de posicionarse frente a la posibilidad de que el matrimonio sea igualitario. De hecho, en referencia a este último caso, cabe recordar que fue la participación activa e inclaudicable de Néstor Kirchner y el “Chivo” Rossi la que, junto a la demanda en las calles, lograron convencer la voluntad de los indecisos para que se apruebe un nuevo avance hacia la justicia social en nuestra Patria.
Es claro que cada transformación genera tensiones, y evidente que escapar de los posicionamientos políticos en muchas ocasiones no aumenta la imagen positiva pero tampoco la negativa. Pero la responsabilidad que se omite hoy, mañana vuelve con más fuerza y te deja fuera de carrera. Porque más temprano que tarde sucede lo que tiene que suceder. La realidad efectiva se impone. Quedará el recuerdo histórico de verdes y celestes, y sólo los grises recordarán el papel que jugaron.

La situación existe, una solución está en la mesa y se los elige para resolver. Es menester que senadores y senadoras no imiten esa tangente para ensayar la escapatoria. Que la democracia sea la instancia donde primen las decisiones basadas en convicciones y no las excusas de los cobardes que no quieren pagar costos por sus acciones.
Pasar a la historia o especular con la repercusión, al fin y al cabo de eso depende la votación.