La soberanía se defiende todos los días, no solo en la cancha

En esta columna, la presidenta de la Juventud Radical de CABA cuestiona el proyecto que flexibiliza la compra de tierras rurales por extranjeros y advierte sobre el riesgo de perder capacidad estatal para proteger recursos estratégicos. “Rechazar este proyecto no es rechazar la inversión”, sostiene, y reclama mantener límites nacionales para resguardar el territorio, el ambiente y la soberanía.

Martes, 04 de agosto de 2026 a las 18 12

Defender a la Argentina no puede ser un gesto ocasional. El patriotismo no debería aparecer únicamente en las fechas patrias o durante un partido de la selección: se expresa, sobre todo, en las decisiones políticas que definen el futuro del país. El próximo 6 de agosto el Senado vuelve a debatir la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que modifica el régimen de compra de tierras rurales por extranjeros. Mi posición es clara: este proyecto debe ser rechazado.

No porque la inversión extranjera sea un problema. Argentina necesita inversión, desarrollo y empleo. Pero hay una diferencia fundamental entre promover inversiones y renunciar a la capacidad del Estado de proteger recursos estratégicos, finitos e irremplazables. La tierra no es una mercancía cualquiera: en ella se concentran el agua, los alimentos, los minerales y el acceso a zonas estratégicas del territorio, desde el litio del NOA hasta los glaciares patagónicos, los bosques nativos, los puertos, los acuíferos y las áreas de frontera. Regular su propiedad es una decisión política, no administrativa.

La legislación vigente fija límites concretos: no más del 15% de las tierras rurales en manos extranjeras, ninguna nacionalidad por encima del 30% de ese cupo, un tope de mil hectáreas por titular en la zona núcleo, y restricciones junto a cuerpos de agua relevantes y en zonas de seguridad de frontera. El proyecto oficialista no se limita a "dar más autonomía a las provincias": elimina ese piso nacional y deja gran parte de la regulación sujeta a cada provincia, sin garantizar que se sostengan los mismos criterios en todo el país.

Según el último informe del Registro Nacional de Tierras Rurales (agosto de 2025), un 5,57% del territorio rural argentino —cerca de 12,5 millones de hectáreas— está en manos extranjeras. Ninguna provincia supera hoy el límite del 15%, pero sí más de treinta departamentos. Quitar el criterio nacional abre la puerta a que grandes capitales concentren cada vez más tierra, en perjuicio de los pequeños y medianos productores que sostienen el arraigo y las economías regionales.

Esta no es una posición nueva para el radicalismo. Yrigoyen impulsó el poblamiento y la colonización para que la tierra estuviera en manos de quienes la trabajaban. Alfonsín ligó el desarrollo territorial equilibrado a la justicia social. Illia sumó una idea muy vigente hoy: la tierra debe estar vinculada a la eficiencia productiva, al desarrollo y al rechazo de la especulación. Es la misma convicción: los recursos estratégicos no son solo activos económicos, son la base para que la Nación decida su propio destino.

El verdadero debate no es abrirse o cerrarse al mundo: esa es una falsa dicotomía. Rechazar este proyecto no es rechazar la inversión, es exigir reglas claras: límites nacionales objetivos y uniformes; que ningún Estado extranjero ni fondo soberano compre tierra en zonas estratégicas; protección para fronteras, glaciares, acuíferos, puertos y corredores logísticos; un registro transparente de beneficiarios finales; y protección efectiva para las tierras indígenas y comunitarias. Estados Unidos, Canadá, Francia, Austria y Nueva Zelanda controlan la compra de tierras por extranjeros en casos así, y nadie los acusa de cerrados. El resto —porcentajes, restricciones provinciales, criterios ambientales— puede discutirse, pero recién después de asegurar ese piso.

El proyecto que se trata el 6 de agosto no ofrece esas garantías. La soberanía no se defiende solo con discursos, canciones o banderas: se defiende cuando quienes legislan eligen proteger lo que es de todos los argentinos. El 6 de agosto es una nueva oportunidad para demostrarlo.

 

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