El 6 de septiembre, Jakub Pachocki subió un ensayo al blog oficial de OpenAI. Se titula "An Alien Mind" — una mente alienígena. No lo firma un periodista, ni un académico crítico, ni un funcionario de un organismo regulador. Lo firma el director científico de la empresa. El que decide qué modelo se escala y cuál no. Y Sam Altman, el CEO, lo reposteó como "una lectura importante".
Le pongo la lupa porque lo que dice ahí es de una gravedad que ningún medio argentino trabajó en su dimensión real.
Pachocki afirma que la inteligencia artificial "no es una extensión de la nuestra". Que se cultiva más que se diseña. Que es el resultado de repetir un cálculo millones de veces hasta que aparecen decisiones que evaden una explicación completa. Ni sus propios creadores entienden qué está haciendo la máquina cuando decide. La frase textual del ensayo es esta: "No lab has solved alignment and monitoring to a sufficient degree to continue responsibly scaling". Ningún laboratorio del mundo tiene control suficiente para seguir escalando responsablemente. Palabras del director científico.
Y agrega: nadie está preparado para lo que viene. Los próximos años traen saltos de capacidad iguales o mayores. La máquina va camino a mejorarse sola, a auto-modificarse. Frente a eso, Pachocki reclama auditores externos, agencias estatales, coordinación internacional y frenos voluntarios hasta acordar reglas globales. Lo pide el dueño de la fábrica.
Ahora bajemos a la Argentina.
Mientras el mundo pide frenar, Milei firmó en agosto de 2024 un memorando con Sam Altman. Sin voto del Congreso. Con una ley de datos personales del año 2000. Y acaba de firmar el Gemelo Digital Social, el proyecto de Peter Thiel: nuestros datos —de salud, escolares, laborales, movilidad, historia clínica— entregados a los sistemas de las empresas de Thiel y sus amigos. Sin regulación, sin voto, sin ley. Ese es el contexto argentino de lo que Pachocki denuncia globalmente.
La lectura de clase no es un adorno ideológico. Es lo que explica el diseño del negocio. Los datos de los que están arriba están protegidos por firewalls corporativos y estudios jurídicos caros. Los datos de los de abajo son la materia prima que las empresas de Silicon Valley necesitan para entrenar máquinas que después las usan sus clientes ricos para tomar decisiones sobre nosotros. Créditos, seguros, medicamentos, contratos laborales. Somos, literalmente, el input. Y Milei se encargó de sacar todos los frenos para que esa transferencia salga barata y sin trámite.
Nuestros datos no son de él. No son propiedad del gobierno ni del ministro que firma el decreto. Son nuestros. Y sin embargo se están yendo, gratis, a los tecno que Pachocki mismo pide frenar.
Lo diagnostica el dueño de la fábrica: la máquina se les está yendo de las manos. Y Milei sale a garantizarles el laboratorio.
Somos la rata.