El miércoles 17 de septiembre, Javier Milei firmó los telegramas de despido de todo el personal civil de la Quinta de Olivos. Mozos, cocineros, jardineros. Al intendente Osvaldo Sosa, que ocupaba el cargo desde hacía años, también. En lugar de ellos, la Casa Militar del Ejército pasa a hacerse cargo de la cocina, del corte del pasto, de la seguridad y hasta del servicio de mesa. La instrucción oficial es que la militarización dure al menos 60 días.
La excusa oficial es la visita del papa León XIV, prevista para el 8 de noviembre. Presidencia agregó, para dar peso, una frase genérica sobre "la escalada de la inseguridad global". Como si a Olivos no hubieran entrado antes Obama, Francisco, Trump o Bolsonaro sin que nadie tuviera que echar al que corta el pasto. La excusa no cierra ni queriendo.
La razón verdadera hay que buscarla en un nombre que empieza a repetirse cada vez que uno rastrea qué pasa adentro de la residencia: Mario Elías Suli.
Tiene 30 años, no terminó el secundario y es judío ortodoxo de la corriente Jabad Lubavitch, la misma en la que se referencia Milei. Antes trabajó como valet parking. En campaña le decían "el Baron B" porque repartía botellas de champagne a los youtubers libertarios. Hoy no se despega del Presidente. Aparece en cada foto, en cada viaje, en cada acto. Nadie sabe con qué cargo cobra ni qué función cumple exactamente. Lo único claro es que ningún otro custodio tiene ese lugar. Distintos medios argentinos e internacionales lo describen del mismo modo: un hombre con aspecto de formado en el Mossad. Presidencia lo desmiente, pero nunca contesta lo básico: quién lo nombró, quién le paga, por qué él sí puede quedarse cuando echan a los que estuvieron toda la vida.
Y son fuentes de la propia Quinta las que aseguran que fue él quien le llenó la cabeza al Presidente con la idea de que había un plan de espionaje interno, y quien empujó la solución que hoy vemos ejecutada: sacar a los civiles y meter militares.
En el medio, siguen filtrándose escenas que explican por qué a Milei le conviene tanto reemplazar los ojos que había en Olivos. Se compraron 29 toneladas de carne premium por 500 millones de pesos en un contrato semestral firmado por la Secretaría General de Karina Milei. Otra licitación, esta vez de 700 millones para el mantenimiento de los jardines, se repartió entre dos empresas y hoy la investiga la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia. La diputada Marcela Pagano hizo denuncia penal por peculado y por un supuesto proveedor fantasma.
También trascendió, cuando ya nadie podía taparlo, que Milei se enoja y tira bifes a las tres de la mañana. Y siguen sin explicación pública las quince gallinas vivas que entran cada semana a la Quinta, degolladas según reportaron distintas periodistas, un patrón que fue vinculado con rituales de la Cábala practicados por el entorno más íntimo del Presidente. Tampoco se explicó nunca por qué uno de los perros mastines de Milei apareció intoxicado, ni por qué el veterinario de confianza que lo trataba dejó de ir después de ese episodio. No hubo un solo desmentido oficial serio. Solo un Presidente que salió a insultar a la prensa y a llamar "mierdas humanas" a los periodistas que se atrevieron a contarlo.
Lo que estamos viendo no es una modernización de la seguridad presidencial. Es la construcción de una zona militarizada, hermética, con Ejército adentro de una residencia civil, ordenada por un custodio que ni siquiera figura en la estructura formal del Estado. Es un cambio de régimen puertas adentro: reemplazan trabajadores estatales con derechos, sindicalizados y con memoria por soldados que obedecen órdenes sin preguntar y por un anillo de confianza mucho más chico. Ahí adentro se decide qué se compra, qué se dice y quién ve.
Y afuera, mientras tanto, a los jubilados les recortan el bolsillo, a los pibes con discapacidad les vetan la ley, al Garrahan lo empujan al colapso y al que necesita el remedio se lo sacan del PAMI. Ese es el país que administra el mismo gobierno que gasta 500 millones en carne premium y 700 millones en cortarle el pasto a la residencia.
La casta era la de ellos.