La imagen que propongo es la de las arenas movedizas. Un suelo que parecía permitirnos avanzar y termina atrapándonos. Pero con una diferencia decisiva: en una economía, el terreno no lo pone la naturaleza. También lo construyen las decisiones de quienes gobiernan.
Si las medidas que deberían sacarnos profundizan los mecanismos que nos hunden, insistir no es una salida. Es agravar el problema. No alcanza con pedir más tiempo cuando ese tiempo se paga consumiendo los recursos que necesitamos para recuperarnos.
Pensemos en una familia a la que el ingreso no le alcanza. El sueldo pierde capacidad de compra y las boletas, el transporte, el alquiler y otros gastos se llevan una parte mayor del presupuesto. Recorta compras y se endeuda para cubrir lo indispensable. Al mes siguiente debe enfrentar los mismos gastos, pero además las cuotas y los intereses. Si no recupera ingresos, le queda todavía menos para comprar.
Pero el presupuesto familiar no termina en quienes viven bajo el mismo techo. Cuando la jubilación de nuestros mayores pierde poder de compra, puede hacer falta ayudarlos con los alimentos, una boleta o los remedios. Si además pierden la cobertura gratuita de un medicamento, ese gasto puede pasar a sus hijos o nietos. El recorte no desaparece: cambia de bolsillo.
Y sobre esa misma familia puede caer una suspensión que reduzca ingresos o el despido de alguno de sus integrantes. Entonces los ingresos que quedan tienen que sostener a más personas y cubrir más necesidades. No hace falta que todos pierdan el empleo para que toda la familia tenga menos dinero disponible. También puede empobrecerse quien conserva su trabajo, pero debe ayudar a sus padres y sostener a un familiar que se quedó sin ingresos.
Ahora pensemos en el comercio al que esa familia dejó de comprarle. Si pierde ventas, puede reducir pedidos al proveedor. Si el fabricante recibe menos pedidos, puede recortar producción y puestos de trabajo. Y quienes pierden esos ingresos también son clientes de otros comercios. El problema vuelve al comienzo, pero encuentra a hogares y empresas con menos reservas para resistir.
A ese circuito lo llamo la espiral del empobrecimiento. No es solamente tener menos. Es ir perdiendo las condiciones para recuperarse. Las arenas movedizas son la imagen; la espiral explica cómo una pérdida puede alimentar la siguiente.
Por eso sostengo que Milei ya fracasó si la vara es que trabajar permita vivir y producir tenga futuro. No hace falta esperar una explosión para evaluar ese fracaso. Tampoco que todos los indicadores empeoren al mismo tiempo: alcanza con mirar qué está pasando con el trabajo, los ingresos y la capacidad de pagar, y discutir cómo se conectan.
La pregunta no es cuánto más podemos aguantar. Es por qué habría que seguir profundizando las decisiones que alimentan el problema. En los diez pasos que siguen están los datos y la secuencia que sostienen esta lectura.
El sueldo y la jubilación pierden capacidad de compra
El primer paso está en el bolsillo. Entre noviembre de 2023 y agosto de 2026, el salario mínimo perdió un 40,8% de poder de compra. Por cada cien de capacidad de compra que tenía antes de la llegada de Milei, conserva alrededor de cincuenta y nueve. Es el deterioro del piso salarial legal, no un promedio que describa por igual a todos los trabajadores.
El problema tampoco se agota en ese piso. Los datos provisorios del SIPA difundidos en septiembre muestran que el salario medio real del empleo privado registrado cayó un 3,6% en los tres meses hasta julio de 2026. Julio fue el tercer mes consecutivo de retroceso.
Entre los jubilados, el golpe debe mirarse especialmente en la mínima con bono. CEPA estima que su poder de compra en julio-septiembre de 2026 queda un 19,2% por debajo del último trimestre de 2023. Esa pérdida presiona no solamente a quien cobra la jubilación: también puede obligar a su familia a aportar dinero para cubrir lo que ya no alcanza.
A eso se agregan las restricciones al acceso gratuito a medicamentos ambulatorios de PAMI, que desde diciembre de 2024 exigen reunir condiciones de ingresos y patrimonio y tramitar el subsidio social. Para quien queda fuera de esa gratuidad, comprar el remedio implica otro gasto de bolsillo. Cuando los hijos o nietos ayudan a pagarlo, tienen menos dinero para sus propios gastos. No es falta de solidaridad familiar: es una protección pública que, cuando deja de cubrir una necesidad, traslada esa carga a la familia.
El mecanismo es simple: cuando los ingresos no acompañan el costo de vivir, hay que recortar algo. Y lo que una familia deja de comprar también es una venta que otra persona deja de hacer.
Los servicios se llevan una parte mayor del presupuesto
El segundo paso es lo que ocurre con los gastos indispensables. La canasta de referencia de luz, gas, agua y transporte del AMBA que relevan la UBA y el Conicet aumentó un 944% entre diciembre de 2023 y agosto de 2026. La inflación acumulada estimada en esa comparación fue del 249%.
El aumento porcentual de esa canasta fue más del triple del aumento general de precios: casi cuatro veces. Hablamos de ese hogar y de esa canasta, no de cada tarifa del país. Pero la presión que describe es concreta.
Podemos postergar una compra. No podemos dejar de viajar al trabajo o cocinar indefinidamente. Si los gastos indispensables absorben más del ingreso, queda menos para alimentos, ropa, reparaciones o una salida. Si además hay que ayudar a nuestros mayores o cubrir el ingreso perdido por otro integrante de la familia, ese margen se reduce todavía más. El ajuste del presupuesto familiar se convierte en menos demanda para otros.
Sostener la casa y la educación también presiona
El tercer paso agrega alquileres, expensas y educación. Entre diciembre de 2025 y julio de 2026, el rubro Educación del IPC nacional aumentó un 26,9%, frente al 19,3% del índice general. Es el rubro educativo completo, no una afirmación sobre cada cuota escolar.
En la Ciudad de Buenos Aires, el informe OEC-CEPA registra un aumento de alquileres del 8% durante el segundo trimestre de 2026, frente al 6,5% del IPC porteño. Y el relevamiento de Octopus sobre consorcios de la Ciudad informa una suba de expensas del 4,8% solamente en agosto.
No todos esos gastos aumentan por encima de la inflación en todos los períodos. La cuestión es cuánto queda después de pagarlos. Una familia puede conservar su empleo y, sin embargo, perder la posibilidad de ahorrar, cambiar una heladera o afrontar un imprevisto. Tener sueldo no es lo mismo que tener margen para vivir.
No es solo textil: se deteriora el entramado productivo
El cuarto paso no puede explicarse mirando solamente la ropa o el calzado. En julio de 2026 cayeron doce de las dieciséis ramas industriales frente al mismo mes del año anterior, según el informe de Fidelitas que recoge los datos manufactureros. Maquinaria y equipo retrocedió un 26,7%; otros equipos, aparatos e instrumentos, un 31,4%. La extensión del daño impide reducirlo al problema de un solo sector.
En la metalurgia, ADIMRA registró una caída de producción del 6,1% interanual en agosto y una utilización de apenas el 39,6% de la capacidad instalada. Hablamos de una actividad que abastece a otras: cuando se enfrían los pedidos de máquinas, piezas y equipos, la dificultad puede recorrer proveedores, talleres y puestos de trabajo.
La construcción también muestra la profundidad de la caída. En julio de 2026 su actividad estaba aproximadamente un 22,4% por debajo de julio de 2023. Una obra que se paraliza no afecta solamente al albañil: puede quitarles trabajo al electricista, al plomero, al transportista y a quienes fabrican o venden materiales. Por eso incorporarla permite mirar el entramado productivo, más allá de la industria manufacturera.
El textil es otra parte de ese cuadro. En el primer semestre de 2026, según ProTejer, la producción cayó un 24,4% interanual mientras las importaciones de prendas aumentaron un 62% en toneladas. El Gobierno decidió reducir los aranceles de ropa, calzado y telas. Para los productores que enfrentan menos pedidos y competencia de productos terminados del exterior, son dos presiones simultáneas.
No todos estos sectores caen por la misma combinación de causas. En la construcción, por ejemplo, no corresponde explicar toda la contracción por la importación de bienes terminados. Lo que muestran los datos es un deterioro extendido, que atraviesa ramas distintas y exige discutir demanda, inversión, costos y decisiones de política económica.
La pregunta no termina en cuánto cuesta un producto importado. También incluye de qué viven quienes producen acá y qué ocurre con el resto de la economía cuando pierden sus ingresos.
Menos plata disponible se convierte en menos ventas
El quinto paso es el mostrador. En los primeros ocho meses de 2026, las ventas minoristas pyme estuvieron un 13% por debajo del mismo período de 2023, según la comparación publicada por NewsDigitales sobre el relevamiento de CAME. Mirar solamente el movimiento de un mes oculta la distancia acumulada con el punto de partida.
El comunicado de CAME para agosto informa, además, que las ventas acumularon una caída real del 2,4% frente a los primeros ocho meses de 2025. Es decir: el deterioro reciente se agrega a una comparación más larga que ya muestra una pérdida considerable.
Ese dato no representa todo el consumo nacional. Representa a los comercios pyme relevados, precisamente una parte de la economía que depende de lo que pueden gastar las familias.
Menos compras son menos ingresos para los comercios. Pero el alquiler, las boletas de servicios públicos y los impuestos siguen aumentando hasta la asfixia. Si la facturación pierde capacidad para cubrir esos compromisos, el margen se achica. Primero se posterga una compra. Después una inversión. Más adelante puede quedar comprometida la continuidad del negocio.
Ahí se entiende por qué el salario no es solamente un costo empresarial. También sostiene a los clientes de otras empresas.
La falta de ventas empieza a romper los pagos
El sexto paso es dejar de llegar a los vencimientos. Según los informes del Banco Central, la proporción del crédito empresarial en situación irregular pasó del 0,8% en diciembre de 2024 al 3,6% en julio de 2026. Se multiplicó por cuatro y medio.
Es la proporción de la cartera de crédito, no el porcentaje de empresas que dejó de pagar. Tampoco es una comparación desde la asunción de Milei. Pero muestra un deterioro considerable durante ese período. Por otra vía, la consultora Fidelitas estimó 57.045 empresas en mora en julio de 2026, un 56,5% más que un año antes.
Cuando una empresa no cobra, el problema puede viajar. Al proveedor que esperaba ese pago. Al transportista. A quienes debían cobrar su sueldo. Una dificultad que parecía individual puede convertirse en una cadena de incumplimientos.
Y cuanto más se deteriora esa cadena, más difícil resulta sostener el mismo nivel de actividad. El problema deja de ser solamente cuánto se vende y pasa a incluir cuánto de lo vendido se puede cobrar.
La deuda ocupa el lugar del ingreso que falta
El séptimo paso llega cuando el crédito se usa para cubrir el faltante. En las familias, la proporción de crédito irregular pasó del 2,5% en diciembre de 2024 al 12,9% en julio de 2026, según el BCRA. Más de cinco veces.
No significa que todas esas deudas se hayan tomado para sobrevivir. Sí muestra que las dificultades de pago de los hogares crecieron fuertemente. Y permite entender una trampa: el préstamo puede cubrir el faltante de hoy, pero mañana hay que devolverlo con intereses. Si el ingreso no se recupera, esa obligación deja todavía menos dinero disponible.
También acá hay decisiones políticas. El Gobierno eliminó el tope específico a los intereses punitorios de las tarjetas y el BCRA retiró otro límite administrativo a su financiación. No desaparecieron todas las restricciones legales, pero sí se quitaron protecciones concretas.
Refinanciar puede aliviar un vencimiento. No reemplaza un salario suficiente. Trabajar para pagar lo que hubo que pedir prestado para vivir no es lo mismo que progresar.
El deterioro alcanza a empresas y puestos de trabajo
El octavo paso es la pérdida de capacidad productiva. El análisis de CEPA sobre registros de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo muestra 31.342 empleadores menos entre noviembre de 2023 y junio de 2026. Durante el primer semestre de 2026, la reducción neta fue de 9.147.
Ese saldo no es un recuento de quiebras judiciales ni permite decir que cada baja corresponde a una fábrica cerrada. Incluye entradas y salidas del registro. Lo que sí permite afirmar es que se achicó la base de empleadores registrados.
Además, en julio de 2026 la producción industrial cayó un 4,9% interanual y la actividad de la construcción un 4,5%. El deterioro no se limita, entonces, a una preocupación financiera aislada de la producción.
Una empresa puede resistir un mal mes. No tiene por qué poder sostener indefinidamente ventas insuficientes, costos difíciles de cubrir y problemas para cobrar. Antes de un cierre pueden aparecer menos horas de trabajo, suspensiones que reduzcan ingresos o despidos. Cada una de esas situaciones presiona el presupuesto de una familia. Cuando la empresa reduce personal o desaparece, el daño también puede alcanzar a sus proveedores y a la economía del barrio.
El desempleo agrava la vulnerabilidad
El noveno paso es la pérdida de seguridad económica. En las mismas treinta y una áreas urbanas que mide el INDEC, al cierre de 2023 había 822 mil personas desocupadas. En el segundo trimestre de 2026 hay 1.164.000. Son 342 mil personas más buscando trabajo sin encontrarlo: un aumento del 41,6% en la cantidad de desocupados.
La tasa de desocupación, que es otra medida, pasó del 5,7% al 7,9% entre esos mismos períodos. Ese 41,6% describe el aumento de personas desocupadas, no el de la tasa. Detrás de esos números hay hogares que deben reorganizar sus gastos y, en algunos casos, sostener a más integrantes con los ingresos que quedan.
La pobreza requiere una precisión: al cierre de este editorial todavía no está publicado el dato oficial del primer semestre de 2026. Las estimaciones del Observatorio de la Deuda Social de la UCA la ubican entre el 31% y el 32%, frente al 28,2% oficial del segundo semestre de 2025. Son una advertencia de deterioro, no un resultado oficial que podamos adelantar.
No se trata de negar la baja previa de la pobreza. Se trata de advertir qué pasa con una familia cuando pierde ingresos o un empleo y ya venía usando ahorros o deuda para sostenerse. Los recursos para amortiguar otro golpe pueden haberse agotado.
La pérdida de trabajo vuelve como otra caída del consumo
El décimo paso conecta el final con el principio. Según el análisis de CEPA sobre datos de la Secretaría de Trabajo, entre noviembre de 2023 y junio de 2026 se perdieron 245.664 empleos privados registrados, un 3,9% del total inicial.
Esos puestos no son solamente una estadística laboral. Cada salario perdido puede reducir las compras de un hogar. Si ese hogar compra menos, otros comercios pueden vender menos. Si esos comercios hacen menos pedidos, sus proveedores reciben otra presión. Y si vuelve a caer el trabajo, el circuito empieza de nuevo.
No vuelve al mismo lugar: vuelve con menos reservas. Con una familia más endeudada. Con una empresa que ya consumió parte de su capital. Con un trabajador que quizás acepta una ocupación más precaria porque necesita algún ingreso.
Por eso hablo de una espiral y no de una simple suma de problemas. Cada vuelta puede debilitar la capacidad de resistir la siguiente.
Este plan no es para vos
La pregunta ya no es solamente si el plan funciona. La pregunta es para quién. Porque el éxito de un negocio no equivale al progreso de un país. Y una política económica no puede aprobar su examen mostrando lo que ganan unos pocos y dejando fuera de la cuenta lo que pierden quienes viven de su trabajo.
Un trabajador no vive de una promesa de inversión. Un jubilado no paga los medicamentos con el anuncio de una recuperación. Un comerciante no sostiene el negocio con las ganancias de una empresa que no le compra nada. Necesitan ingresos, clientes y una posibilidad concreta de llegar al mes siguiente sin vender lo que tienen o pedir otro préstamo.
Por eso digo que Milei ya fracasó para quienes debían poder vivir de su trabajo y sostener su actividad productiva. No hace falta que desaparezca toda la producción ni que quiebren todos los comercios. Tampoco hace falta esperar una explosión. Cuando conservar un empleo deja de alcanzar para sostener la vida, el fracaso no es una amenaza futura: ya entró en esa casa.
La espiral del empobrecimiento explica por qué esperar no es una respuesta. Si el ingreso falta, se recortan compras. Si faltan clientes, se achican pedidos. Si faltan pedidos, se pone en riesgo el trabajo. Y cuando se pierde un trabajo, también se pierde otro cliente. La siguiente vuelta encuentra a la familia con menos ahorros, al comercio con menos margen y al productor con menos recursos para resistir.
Ahí también aparece la transferencia: cuando tenemos que endeudarnos para cubrir lo indispensable, una parte del ingreso futuro queda comprometida en intereses. Lo que destinamos a sostener esa deuda ya no está disponible para vivir ni para comprar en el barrio. No es lo mismo depender de un sueldo que disponer de una fortuna para atravesar la crisis.
Y ese sueldo puede estar sosteniendo mucho más que a quien lo cobra. Puede estar pagando parte de los medicamentos de nuestros mayores o ayudando a un familiar suspendido o despedido. La familia funciona como una red de ayuda, pero esa red no tiene recursos infinitos. Si cada ingreso tiene que cubrir más necesidades, el deterioro se extiende incluso a quienes todavía conservan su empleo.
El Gobierno no puede presentarse como un espectador de ese circuito. Gobernar exige responder por las decisiones que se toman y por sus consecuencias. Pedir paciencia no reemplaza una respuesta a la pregunta central: ¿cómo van a recuperarse quienes necesitan vender si sus clientes no recuperan capacidad de compra?
Por eso lo digo sin vueltas: si no sos dueño de un banco, de un pozo petrolero, de una reserva de litio o hijo de un multimillonario, este plan no es para vos. No alcanza con que haya grandes negocios si la vida de quienes trabajan queda fuera de la promesa.
Para quienes vivimos de nuestro trabajo, la promesa de prosperidad se convirtió en la espiral del empobrecimiento. No se sale de las arenas movedizas profundizando el mismo plan que nos hunde.