Derrumbando la Casa Rosada (título tomado del legendario disco de los no menos legendarios Alerta Roja) quizás tampoco sea El libro del punk argentino, pero hace su intento para cubrir el bache. Eso sí, se concentra en un primer período de la historia local de este género de varias cabezas: desde su tímido inicio alrededor de 1978 hasta el definitorio concierto de presentación del compilado Invasión 88 en Cemento, algo así como el fin de una era, según se argumentará oportunamente.
En busca de un tono ciertamente documental, se enfocó la mayor parte de estos nueve capítulos en recitales puntuales que, a la vez, funcionaran como ventanas a pequeños mundos privados. Así, el caótico show de Los Violadores en la Universidad de Belgrano el 17 de julio de 1981 sirve para contar quiénes formaron el grupo punk argentino con mayor suceso comercial. Y el violento 21 de diciembre de 1986 es la excusa perfecta para contar el Parakultural, la aparición de Massacre Palestina y esa rareza salida de la Asociación Cristiana de Jóvenes llamada Morgue Judicial.
La multiplicidad de autores pareció otra estrategia oportuna para pintar una época. En especial, la combinación de dos puntos de vista: el del cronista que investiga y reconstruye con el del protagonista directo de muchos de estos acontecimientos. Por eso es que, entre relatos más o menos ortodoxos periodísticamente, aparecen firmas como las de Marcelo Pocavida (Los Baraja, Cadáveres), Patricia Pietrafesa (Sentimiento Incontrolable, Cadáveres de Niños, fanzine Resistencia, la Cooperativa y más) y el testimonio de Sergito Anticristo (Comando Suicida).

Desde una u otra perspectiva, no son estas las historias de sexo, drogas, rocanrol y glamour a las que nos acostumbró el periodismo de rock. Casi lo contrario: Derrumbando…, y por lo tanto la primera década de punk en la Argentina, incluye una colección de desencuentros, fracasos, peleas, frustraciones, pérdidas y malos entendidos varios.
Ojo, tampoco es que este libro sea solo un catálogo de perdedores hermosos. Sus personajes no se definen solo por lo que nunca les saldrá bien, sino, más aún, por una convicción, una militancia underground que hoy parece excéntrica. Es algo casi vocacional.
Sin pretensión de hacer sociología en zapatillas All Stars, Derrumbando… intenta sí explicar de dónde surgían estos pioneros o por lo menos early adopters. Casi todos los Sex Pistols, los Damned, los Clash o la mayoría de los iconoclastas precursores de Nueva York y Los Ángeles crecieron en hogares de clase trabajadora. En cambio, y solo por poner un par de ejemplos, el guitarrista original de Los Violadores, Hari B, se cruzó con las primeras crestas durante un viaje familiar a Europa, mientras que Pablo Esau (baterista de Los Laxantes), Trixy (cantante de Trixy y Los Maniáticos) y Stuka (Los Violadores) eran hijos de empresarios. Aunque tampoco hay que perder de vista que entre los primeros punks también había otros, como Sergio Gramática (cofundador de Los Testículos, la banda previa a Los Violadores; su padre era obrero de una fábrica) o Sergito Anticristo (hijo de un colectivero de la línea 65).
Un último punto necesario para entender los orígenes del punk en la Argentina es el fenómeno de la “plata dulce”. El ministro de Economía de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz implementó durante su oscura gestión un sistema de devaluación programada y gradual, conocido como “la tablita”, que convivió con 
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un espectacular retraso cambiario en el país. El mecanismo terminó estallando a principios de 1981, cuando el entonces sucesor de Martínez de Hoz, Lorenzo Sigaut, anunció por televisión: “El que apuesta al dólar pierde”. A los pocos días se produjo una violenta devaluación.
Entre diciembre de 1978 y febrero de 1981, igualmente, el dólar barato y la bicicleta financiera permitieron que por primera vez en su vida cientos de miles de argentinos pudieran irse de vacaciones al exterior. Y en aquellas excursiones a las playas brasileñas, junto con las remeras Hering y las cajas de Garotos, en algunos casos se colaron los vinilos de los Ramones, The Jam o Siouxsie & the Banshees, que por entonces se vendían en las disquerías de San Pablo y Río de Janeiro, pero no en Buenos Aires.
Así, con cuentagotas, por casualidad o por milagro, esos discos casi contrabandeados aterrizaban en el país y sumaban adeptos a la causa. Y docenas o cientos de copias en casete, cada vez con menos fidelidad y más ruido, menos datos y más confusión, ampliarían aún más el número de víctimas...
Esos y tantos otros accidentes domésticos son el rico material que compone este libro, más exploratorio e inquisidor que dogmático. La historia definitiva de los primeros diez años del punk en la Argentina. El expediente final para dictaminar si es cierto o no aquello de que el que apuesta al punk pierde. 

Editado por Piloto de Tormenta