Brasil es un país que ofrece playas de todo tipo: con aguas bien calmas, como si fueran verdaderas piscinas; otras ideales para practicar surf; algunas con mucha movida nocturna; y unas cuantas ideales para el romanticismo. En esta nota te contaremos las mejores para tomarse unos días de descanso en pareja.                                

Paraty: esta aldea portuaria fue fundada en 1667 para recibir el oro extraído en Minas Gerais y embarcarlo directo a Portugal. Permaneció oculta hasta mediados del siglo pasado y es, desde entonces, uno de los destinos más románticos del mundo y uno de los más visitados del estado de Río de Janeiro. Ocupa el fondo de una bahía profunda y bellísima y las playas, que suman unas 300, no están en la ciudad sino que hay que embarcarse para llegar a cualquiera de ellas, con excepción de Trindade, a 20 km, a la que se puede acceder por tierra.

                                       
Jericoacoara: bien al norte, a 307 km de Fortaleza, es más popular pero igual de tranquila: no tiene acceso vehicular ni iluminación pública. Desde el 2002 es Parque Nacional, lo que ayuda a preservar el aislamiento. Se puede llegar en 4x4, aunque el mejor plan es arribar en bus hasta Jijoca y de ahí subirse a la jardineira (un vehículo adaptado para circular por las dunas) para transitar los últimos 25 km.    

Una excursión obligada desde esta playa es la Lagoa de Jijoca. Se realiza en buggy y da tiempo para almorzar una moqueca en la laguna Paraíso y conocer la laguna Azul. Pero el mejor momento viene después, cuando uno se recuesta en las hamacas sobre el agua transparente a descansar.

Trancoso: es la playa más sofisticada del sur de Bahía, pero sin mansiones a la vista. Un estilo hippie-chic que la conecta con su pasado de aldea de pescadores y atrae a paulistas con bajo perfil. El aeropuerto más próximo es Porto Seguro, y el cruce en balsa del río Bunharém, a lo que se suman los 15 km que lo separan de Arraial D’ Ajuda, garantiza su exclusividad. Hay barrios cerrados; un Club Med; paradores con Dj; y beach clubs. Sin embargo, lo más interesante sigue siendo el paisaje que brinda la propia naturaleza.

El tejido urbano mantiene su epicentro en el Quadrado, una gran plaza rectangular cubierta de césped, cuyo lado este está coronado por la iglesia de Sao João Batista. La silueta simple del templo es la postal del lugar, y allí se lleva a cabo todos los 20 de enero la fiesta de São Sebastião, cuando los hombres del pueblo cambian el mástil del año anterior, izando la bandera del santo que flameará otro año entero y bailando a sus pies la dança do pau.

Búzios: por su proximidad con Río de Janeiro (180 km), y la cantidad (más de 20), belleza y variedad de sus playas, este destino es perfecto para una escapada en pareja. En los años 60’, cuando la actriz francesa Brigitte Bardot se enamoró de este lugar, era una pequeña aldea de pescadores muy rústica. Hoy en día está repleta de servicios pero no perdió su impronta. 

 

                                       
Entre sus playas se destacan João Fernandes, con corales para bucear y agua cálida y transparente; Geribá, ideal para surfear y para quien gusta de las olas; Ferradura, una piscina natural de agua transparente y tranquila; y Brava, que es la preferida de muchos argentinos y es pura naturaleza.

Ilha Grande: famosa por su playa Lopes Mendes, esta isla a 125 km de Río de Janeiro es una de las joyas del litoral carioca, en la que no circulan autos sino que solo hay trilhas de trekking. No hace falta ir hasta Angra dos Reis para llegar. De Conceição de Jacareí (30 km antes) también salen escunas y fast boats.

Este destino ecológico cuenta con 193 km2 de selva tropical, montañas, manglares, ensenadas y penínsulas, morros, cascadas y 106 playas distribuidas en dos grandes áreas protegidas: el Parque Estatal Ilha Grande y el Parque Marítimo Aventureiro. Y tiene dos costas bien diferenciadas: el litoral norte, que es de mar tranquilo e ideal para snorkeling; y el sur (donde está Lopes Mendes), de mar abierto, con amplias playas inexploradas y sin infraestructura.                                     
Aunque está a tres horas de Río de Janeiro, Ilha Grande no tiene bancos ni cajeros automáticos, pero casi todo puede pagarse con tarjeta de crédito. La única excepción son las cocadas y tortas caseras que ofrecen los vendedores ambulantes frente a la iglesia de San Sebastián, en la única calle empedrada de la arenosa Abraão.