Lo que debía ser una ceremonia con respeto y emoción para darle el último adiós a uno de los ídolos populares más importantes de la historia del país, terminó como un recuerdo triste bajo las sombras del egoísmo político. 

El fallido funeral de Diego Maradona, que terminó con incidentes en distintos puntos del microcentro porteño y donde se perdió el control en la organización de la Casa Rosada no resiste el mínimo análisis. 

Para empezar, hay que decir que solo diez horas de funeral para un referente popular del cual millones de personas decidieron despedirse era poco y que los riesgos de incidentes estaban. El gobierno fue, quizás, demasiado comprensivo con la familia. La condición para poner la Casa de Gobierno como lugar para que se desarrolle el velorio debería haber sido que se prolongue al menos por 48 horas.

Sin embargo, resulta notorio cómo desde el principal partido opositor se intentó exponer el tema como de una "apropiación simbólica" de Maradona. Diego fue durante los últimos años un confeso simpatizante las políticas de Néstor y Cristina Kirchner y en el último tiempo había declarado que Alberto Fernández tenía su confianza. De hecho, quizás su última publicación en redes sociales propia y no manejada por algún abogado mercenario, es pidiendo que se apruebe el aporte extraordinario de las grandes fortunas.

Las publicaciones de la presidenta del PRO, Patricia Bullrich, y del Jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, evidencian el desprecio por lo popular, llamando "barrabravas" a todos aquellos que quisieron ir a despedirse del ídolo y justificando la represión.

Un hecho tan triste, tan sensible y tan doloroso no merece más palabras que esta: la política no estuvo a la altura de la despedida física de Maradona.