Una de las bandas más excéntricas y únicas del mundo, Apocalyptica, llegará al continente este año y se presentará en Argentina con su aclamado show "Apocalyptica Plays Metallica Vol.2".
El conjunto se presentará el 22 de octubre en Groove, Palermo.
Las entradas se pondrán a la venta a partir del lunes 25/05 a las 13 horas por sistema Passline en este enlace.
Apocalyptica: El arte de la terquedad, el color y la supervivencia musical
Apocalyptica ha construido su reputación desafiando las leyes de la lógica instrumental. En una profunda revisión sobre su identidad, el grupo finlandés reafirmó el motor de su vigencia: "Esta es la razón por la que decidimos continuar solo como una banda de violonchelos, tal como empezamos, y con los instrumentos que sean". Para sus integrantes, este regreso a las bases les permitió reconectarse con la energía más pura de sus inicios, logrando "regresar una vez más al mismo entusiasmo de cuando éramos adolescentes y a los orígenes de por qué existimos, que es por el amor a la música".
A lo largo de su carrera, la agrupación demostró que el violonchelo es un elemento unificador capaz de sostener un espectro sonoro sumamente amplio, donde las fallas técnicas juegan un rol impensado. "A veces, al hacer música de la manera en que lo hacemos, los errores son en realidad los ingredientes principales, porque usualmente encienden nuevas ideas y cosas. Esto no se trata de perfección. Se trata de sentimiento", explican los músicos.
La sinestesia de las cuerdas y el poder del vivo
Para la banda, la experimentación sonora equivale a pintar sobre un lienzo en blanco, buscando que las composiciones tengan relieve y texturas. "Cuando hablamos de estas cosas que hacemos con los sonidos, es como añadir colores a la música. Lo que hace a la música, al ambiente y a las emociones en las canciones son los colores. Por eso es tan importante. No quieres ver solo en blanco y negro", señalan. Esta búsqueda estética se completa definitivamente cuando el material llega a los escenarios y conecta con el público de manera directa.
"Hacer un álbum es solo la primera parte, no se detiene cuando lo lanzas; cobra una nueva vida cuando lo tocamos en vivo y vemos la reacción de la audiencia. Esa energía brutal que recibes cuando ves a la audiencia ponerse emocional, reaccionando a todo lo que hacemos... Creo que ese es uno de los sentimientos más hermosos del mundo."
Esta comunión desvanece cualquier frontera geográfica, logrando que en pleno concierto se comparta exactamente la misma pasión y que "en ese momento, todos se sientan como iguales".
El desafío físico de un instrumento clásico en el metal
Mantener esta intensidad en las giras mundiales exige un rendimiento físico extenuante que se asemeja al entrenamiento de un deportista de alto rendimiento. "Para la gira, típicamente tocamos cinco o seis shows a la semana, y cada show dura casi dos horas, por lo que físicamente funciona casi como un ejercicio. Así que es bueno estar preparado para eso y, por supuesto, practicar solo para lograr que los músculos de ejecución se fortalezcan lo suficiente como para que no colapsen", revelan los músicos. A este desgaste corporal se le suman los imprevistos climáticos, ya que el violonchelo es sumamente sensible a los cambios de temperatura y humedad que alteran el comportamiento del arco y cambian por completo el tacto del instrumento.
Por otra parte, el proceso de versionar canciones de otros artistas les impone una barrera creativa muy alta. "No queremos hacer las cosas de la manera fácil... No queremos repetir la vieja historia. Todo el tiempo queríamos sentir que estábamos aportando seriamente algo nuevo a la imagen", aseguran, buscando resaltar matices de las composiciones originales que muchas veces pasan desapercibidos para el oyente común.
Frente a un mercado digital en constante mutación, la banda apuesta por la flexibilidad como única herramienta de supervivencia. "El mundo está cambiando muy rápido, y si nos quejamos de los cambios, nos quedaremos atrás y nuestra vida será muy insatisfactoria. Así que creo que simplemente requiere más adaptabilidad de nuestra parte como individuos", concluyen los finlandeses, dejando en claro la filosofía que los trajo hasta acá: "El violonchelo no está hecho para ser tocado para el metal. Pero somos tan tercos que no nos vamos a rendir".
