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Entradas Halestorm Argentina Teatro Gran Rivadavia 2026: cuándo y dónde comprarlas

La banda de Hard Rock oriunda de Pensilvania llegará al país a principios de este año.

Jueves, 15 de enero de 2026 a las 21 38

Por Cristopher Martínez

Jueves, 15 de enero de 2026 a las 21:38

Halestorm llega a la Argentina para dar un único show en Buenos Aires este año.

La banda se presentará el 29 de marzo en el Teatro Gran Rivadavia.

Las entradas se pondrán a la venta mañana viernes 16 de enero a las 17 horas únicamente en la web de FullTicket en este enlace.

 

 

En Halestorm, la historia personal y la identidad artística aparecen siempre entrelazadas. Para Lzzy Hale, el origen está en la casa familiar, en los discos que sonaban y en una fascinación temprana que terminó marcando su relación con el metal y con el escenario. Recuerda crecer rodeada de instrumentos y entender muy rápido qué tipo de música circulaba puertas adentro: “estoy bastante segura de que Panama de Van Halen era la canción de mis viejos, como para que se entienda qué clase de padres tenía”. Desde chica, la escena ya estaba armada frente al espejo: “me acuerdo de pararme y fingir que era Tom Keifer de Cinderella, tenía esa voz increíble, rasposa, era un guitarrista tremendo, fue la razón por la que empecé a ir detrás de las Les Pauls”. Esa identificación se volvía casi física: “quería usar el pelo igual, copiar sus movimientos, poner el disco y cantar frente al espejo con la misma intensidad que veía en los videos”. En ese proceso también apareció una tensión que terminó definiendo su lugar dentro del género: “cuando estaba arrancando, parecía que solo había dos tipos de chicas: las que querían ser Jewel y las que sonaban más ‘dude’, más metaleras y gritadas. Mi lugar fue el medio. Quería ser poderosa y dura, pero sin dejar de ser mujer”.

Esa identidad se traslada sin filtros al vivo. Arejay y Josh hablan del escenario como un espacio sin cálculo, donde tocar canciones nuevas no representa un riesgo sino una necesidad vital. “No nos importa, solo queremos tocar. Son divertidas de tocar”, dicen, frente a la pregunta clásica sobre arruinar la sorpresa. Y aclaran: “nuestros fans están re manija por escuchar cosas nuevas, nos piden que toquemos temas nuevos”. La experiencia contradice un prejuicio histórico: “existe esa idea vieja de que cuando una banda dice ‘vamos a tocar una canción nueva’, el público se va al bar, pero eso no está pasando con nosotros”. Al contrario, el vínculo se refuerza: “la gente reacciona muy rápido, te sigue llevando de paseo. Capaz conocen los hits, capaz no, pero salimos y tocamos. Eso es lo que quiero en una banda”.

Para Lzzy, esa conexión directa tiene que ver con el ADN del metal como comunidad. “Eso es lo increíble del metal: hay muchísima diversidad, pero hay un núcleo, un latido que nos mantiene unidos, y es esa naturaleza rebelde”, explica. La escena funciona como refugio identitario: “en esta comunidad podés ser vos mismo, no importa en qué parte del espectro estés. No hay reglas reales, y esa es la belleza”. Esa apertura se refleja en el público que los sigue: “tenemos una mezcla rarísima”, dice, antes de enumerar contrastes que conviven sin conflicto. “Tenés tipos rockeros de los 80 que creen que estamos trayendo de vuelta el metal, y también chicos muy jóvenes”. El ejemplo la sorprende incluso a ella: “el otro día conocí a una nena de 11 años que me dijo: ‘sos como la Pink del rock’”. Y remata: “el mismo tipo que piensa que soy la reencarnación de Lita Ford no ve lo mismo que una chica de 11, pero todos vienen al mismo show”.

El proceso creativo de Everest volvió a ese espíritu inicial. Arejay y Josh lo describen como un regreso al punto cero: “este disco, más que otros, fue lo más parecido a cómo componíamos en el sótano de nuestros viejos: los cuatro en una habitación”. Aunque el trabajo se dio en ráfagas, la energía nunca se diluyó: “se sintió largo, pero nunca forzado. Cada día era divertido, una purga creativa”. El método era seguir la intuición: “nos entusiasmábamos con una idea, una letra, una melodía, un riff, un beat, y la seguíamos hasta el fondo”

Ese funcionamiento colectivo se sostiene en el vínculo entre ellos y en el crecimiento personal de Lzzy dentro y fuera del escenario. “Estoy muy orgulloso de ella, la conozco desde toda la vida”, dice Arejay. El cuidado mutuo aparece como regla tácita: “si uno se choca contra una pared, el otro está para ayudarlo a salir”. La transformación es evidente: “era una chica tímida, insegura, y ahora está encontrando la confianza para ser ella misma”. Ese lugar también implica responsabilidad: “con Lzzy como referente, hay una responsabilidad enorme, así que hacemos lo posible para levantarla y recordarle lo especial que es”. El impacto vuelve desde el público y resignifica todo: “la gente nos dice que inspiramos a sus hijas a agarrar una guitarra. Ver eso todos los días y ser parte es increíble”.

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