Una de las grandes revelaciones del 2025, Joost Klein, desembarcará en la Argentina por primera vez el año próximo.
El artista se presentará el 27 de marzo en el C Art Media.
Las entradas se podrán a la venta en la web de Passline a partir del viernes 19 de diciembre a las 10 de la mañana.
“La gente me dice: ‘Esta descalificación en realidad fue buenísima para vos, porque tu carrera creció muchísimo’, pero si lo único que me importara fuera la carrera, haría música escuchable, haría música que las masas quieran escuchar”. Sin embargo, su decisión va por otro lado: “Hago lo que yo quiero escuchar. Y a veces eso termina siendo lo que las masas quieren después. El espíritu de época funciona así”.
La energía que atraviesa su música tiene un origen concreto. “Empecé a escuchar gabber en el viaje de una hora en bici a la escuela porque te hace pedalear más rápido”, cuenta. Pero lo que parece pura euforia esconde otra capa: “Donde uno espera euforia, hay melancolía. Me siento como un trampolín, me siento impotente y lleno de rabia y me siento muy, muy solo, pero me sentí así desde que era chico”.
La infancia aparece marcada por la pérdida. “La versión más corta es que perdí a mis padres a una edad temprana. Cuando murió mi padre, lo primero que hice fue hacer 20.000 videos para YouTube con pasos de baile tontos, internet fue la única salida”. Y lo que queda en la memoria se vuelve más intenso: “Si perdés a tus padres a una edad temprana, no hay muchas cosas que recuerdes y las cosas que sí recordás se vuelven más grandes y más poderosas en tu corazón o en tu cabeza”.
Eurovision ocupa un lugar central en ese recorrido vital. “Vi el impacto que Eurovision tuvo en mí mientras estaba tirado en el sillón y pensé, por alguna razón: ‘Tal vez así es como puedo usar mi vida’”. Para él fue más que una competencia: “estaba cegado por una mezcla de melancolía y amor por el viejo Eurovision”.
La memoria sigue siendo un peso constante. “Recordar es casi algo 24/7 para mí y eso no siempre es bueno”. Aun así, busca correrse de ese lugar: “Intento estar más en el presente”, aunque admite que el proceso sigue abierto: “creo que está mejorando, al menos eso espero”.
Toda su obra se construye desde lo autobiográfico. “Siempre traté de incorporar mi historia de vida”, dice, y reconoce la dimensión del espacio que ocupó: “Tuve la oportunidad de usar esta plataforma —probablemente el escenario más grande que existe— para compartir esa emoción”.
“La historia central es la de un huérfano viajando, tratando de darse a conocer”. En ese trayecto, la figura paterna resulta clave: “Mi papá fue una de mis mayores inspiraciones, me enseñó a tener una mente abierta”. Y una regla que atraviesa todo: “Me enseñó a no mirar etiquetas. La gente es gente, y ahí termina la frase”.
El trauma, lejos de ser solo carga, puede transformarse. “En terapia te hacen escribir una parte de tu historia y después quemarla”, cuenta. El gesto tiene un sentido claro: “Es para hacer espacio para nueva energía”. Y una advertencia que funciona como manifiesto: “No dejes que tus traumas sean solo una carga, pueden ser también algo que te empuje en una nueva dirección”.
Incluso el marketing forma parte consciente de su identidad. “Crecí amando el marketing. Me encantan las publicidades, me encanta pensar en estética y en formas de venderme”. Para él no es un accesorio: “Es mi vida. Lo tengo tatuado en la pierna”. Aun así, observa el presente con extrañeza: “Que el marketing sea marketing ahora es una locura, se siente como si mi video de YouTube fuera un TikTok”, donde “la cantidad de vistas es como la de un TikTok”.
