Seven Spires, una de las bandas de metal que surgió del prestigioso colegio de música Berklee, llega al país por primera vez.
El conjunto se presentará el martes 21 de abril en Uniclub.
Las entradas ya están a la venta en la web de AlPogo en este enlace. También hay un descuento exclusivo de la productora que podés encontrar en su publicación en redes sociales.
El cuerpo, la oscuridad y la música como refugio: Adrienne Cowan en primera persona
El cansancio aparece antes que cualquier reflexión artística. Adrienne Cowan habla desde el cuerpo, sin romantizar la gira ni el desgaste acumulado tras meses de escenarios encadenados. “Oh, estoy muy cansada, muy somnolienta. Básicamente estuve viajando y de gira casi todo el año. Ahora es principios de agosto y recién ahí me está alcanzando”, dice, y baja la escena a tierra con una imagen mínima pero elocuente: “salí a caminar por el centro de Helsinki, fue hermoso, pero tuve que volver porque mi cuerpo me dijo ‘tenés que acostarte, no más, ya está, acordate que hoy tocás’”. No hay épica: hay pausa forzada, límite físico y una voz interna que pide frenar.
Finlandia, en ese contexto, aparece más como paisaje que como escenario. La memoria no está atada al show sino a lo sensorial. “Hace unos años tocamos en Oulu, pero no pude recorrer nada. Solo recuerdo que había muchísimos mosquitos y que era extremadamente hermoso”, cuenta. Esta vez, la experiencia cambia: “es la primera vez que realmente puedo ver cosas, caminar, estar. Estoy muy feliz de estar acá”. El país deja de ser una fecha en la ruta y pasa a ser un lugar habitado, aunque sea por unas horas.
Cuando habla de A Fortress Called Home, la exposición emocional ocupa el centro. No lo presenta como un disco confesional desde la comodidad, sino desde el miedo. “Es un álbum muy crudo, emocionalmente crudo. Por eso fue un proceso de lanzamiento bastante aterrador”, explica, y no esquiva palabras incómodas: “sentía que era un disco feo, en el sentido de que al sacarlo iba a quedar desnuda frente al mundo. Algo así como ‘acá está’”. La recompensa llegó después: “la recepción fue increíble, la gente empezó a compartir sus propias historias, cómo se conectaban con las canciones”, y ahí aparece una idea que resignifica todo el terror previo: “a veces me olvido de que cuando publicamos música deja de ser solo nuestra, pasa a ser de todos. Y eso valió completamente la pena”.
La oscuridad del álbum no responde a una narrativa clásica de superación. El recorrido va hacia adentro. “Durante el proceso de composición, que duró casi dos años, yo estaba en un lugar bastante oscuro, y eso volvió a aparecer durante la grabación”, reconoce. No hay punto de llegada claro: “no es tanto un viaje de A a Z, la historia continúa hacia adentro”. Ese movimiento interno funciona como base para entender lo anterior: “informa más sobre las motivaciones y el desarrollo de los personajes detrás de los primeros tres discos”.
En lo musical, la evolución no surge como estrategia sino como necesidad. “Siempre estamos aprendiendo cosas nuevas, trabajando con distintos artistas”, dice, y menciona referencias sin convertirlas en bandera: “empecé a escuchar mucho a Leprous, Tesseract, ese tipo de bandas progresivas”. El límite no está en el estilo sino en la canción: “si me quedo en un solo subgénero, no alcanza. No es empujar los límites por empujarlos, es servir a la canción, dejar que sea lo que necesita ser”.
La música también aparece en los momentos más íntimos, incluso al dormir. “Escucho música todo el tiempo cuando duermo. Mi cerebro necesita aferrarse a algo, si no me quedo pensando sin parar”, confiesa. Esa escucha nocturna deja huellas inesperadas: “me dormí con Under a Godless Veil durante un año y medio. Hubo una etapa en la que escuchaba música de taberna de Skyrim por meses”, y lo dice sin ironía: “creo que algo de eso terminó metiéndose en el disco”.
Los videojuegos y los scores funcionan como lenguaje narrativo. “Siempre fui gamer, me encanta el costado narrativo y épico de los videojuegos modernos”, explica, y se detiene en los detalles que la fascinan: “me encanta cómo los motivos musicales pueden mostrar la caída de un personaje hacia la locura, recoloreándolos, reharmonizándolos”. Hay un código emocional muy claro: “cuando entra una trompa francesa, sabés que se viene algo serio”.
El paso del tiempo trae otra relación con la exigencia. “Tengo 29 años y ya no me importa tanto demostrar cosas”, dice sin dramatismo. El foco cambia: “la única persona a la que quiero impresionar ahora es a la Adrienne de 18 años y a la de 8”. Mirar hacia atrás no genera culpa, sino gratitud: “cuando miro todo lo que trabajé y los sacrificios que hice, me siento agradecida”, aunque también reconoce un límite: “no sé si hoy tengo la energía para ser tan implacable, pero sí me siento lista para hacer algunos cambios”.
Ese equilibrio entre cuidado personal y responsabilidad colectiva atraviesa su presente. “Sé que las oportunidades van a estar, así que ahora es mi responsabilidad cuidarme mejor para poder estar a la altura”, afirma. Y baja cualquier idea de protagonismo individual: “esto lo hicimos los cuatro, y además tenemos un equipo increíble”. La aclaración no es pose: “hay muchísima gente detrás de un disco y nunca quiero sonar como si yo fuera la única razón de que esto funcione”.
Por último, la experiencia de ser mujer en el metal aparece sin épica forzada, pero con claridad. “Ser mujer te vuelve un blanco más visible porque no somos tantas”, reconoce, aunque marca un cambio generacional: “igual es muchísimo mejor que hace 10 o 15 años”. La respuesta, para ella, no pasa por el discurso sino por el escenario: “si alguien se comporta como un idiota, salimos a tocar y arriba del escenario no somos hombres ni mujeres”. El cierre es simple y contundente: “la música habla, y después esa gente pide disculpas”.
