Ayer a la tarde el ministro de Economía escribió en sus redes, en mayúsculas, que la industria y la construcción crecieron en agosto. Hoy a las tres de la tarde la CGT marcha al edificio donde funcionaba el Ministerio de Industria con una bandera que dice que la industria nacional también es argentina. Las dos cosas hablan del mismo informe. Escribo hoy porque alguien lo está leyendo mal, y creo saber quién. Los detalles los cuento en "Algo salió mal", el stream de Data Diario que va de lunes a jueves de 9 a 11 horas por Youtube.
Empiezo por lo que es cierto. Según el INDEC, el Índice de Producción Industrial manufacturero subió 1,9% en agosto respecto de julio, sin estacionalidad. Seis de las nueve grandes categorías mejoraron. Luis Caputo no inventó nada.
Lo que hizo fue elegir un renglón. Julio había sido un derrumbe: la industria cayó 5% en un solo mes. Si te caés cinco escalones y subís dos, no estás subiendo la escalera. El mismo informe dice que, contra agosto del año pasado, las fábricas produjeron 3,2% menos. Que en los primeros ocho meses de 2026 la baja acumulada es de 2,7%. Y que la tendencia-ciclo, el tipo de serie que el propio ministro dice mirar porque descuenta los saltos de un mes, volvió a caer 0,6% después de haber caído 0,7% en julio. Caputo viene repitiendo que lo de julio fue «ruido» y que «hay un tema de medición». La serie que él prefiere le contesta que no.
Hay un segundo dato que me parece más grave que el promedio: cómo se reparte la caída. Once de las dieciséis ramas industriales producen menos que hace un año, según el INDEC. La maquinaria agropecuaria cayó 37,9%. Los aparatos de uso doméstico, 28%. Los equipos de informática, televisión y comunicaciones, 38,5%. La ropa, el cuero y el calzado, 14,7%. Los autos y las autopartes, 8,8%. ¿Qué crece? La refinación de petróleo, los químicos y las industrias metálicas básicas. Crece lo que procesa materias primas. Cae lo que arma, cose y ensambla.
Avanza la recesión
El tercer dato no es del INDEC, es de una empresa. Herlander Zola, presidente de Stellantis para América del Sur, les dijo a medios brasileños que el grupo puede mantener sus dos plantas argentinas, cerrar una o cerrar las dos. Fabrican Peugeot en El Palomar y Fiat y Ram en Córdoba. La explicación fue suya, no mía: «Con el mercado cerrado, funcionaba y nos daba un buen nivel de competitividad. Pero con el mercado abierto, definitivamente nos deja fuera de juego». Hay que leerlo con cuidado. Zola habla a tres semanas del balotaje en Brasil, y en el sector creen que también está presionando allá. Además se queja del costo laboral argentino, como todo ejecutivo. Pero el diagnóstico coincide con los números: según la consultora ABECEB, los autos importados ya son el 69% de los patentamientos y la producción local cayó 15,6% en septiembre.
Con los celulares pasa lo mismo, más rápido. En enero el Gobierno llevó a cero el arancel de importación. Entre enero y agosto las compras de teléfonos al exterior crecieron 746,6%, según la consultora Analytica, y la producción local de electrónica cayó casi 40% en un año. El teléfono llega armado. El trabajo de armarlo quedó en otro país.
Hasta acá, los datos. Ahora mi lectura, y la marco como tal. No creo que esto sea mala suerte ni un error de medición. Creo que es el resultado previsible de tres decisiones tomadas a la vez: abrir la importación, sostener un dólar barato y dejar caer el consumo. Cualquiera de las tres, sola, se aguanta. Las tres juntas le dicen al que fabrica que le conviene importar. La consultora I+D, que dirige un exdirectivo de la Unión Industrial, lo llama «efecto sándwich»: los costos suben en dólares y la demanda no deja trasladarlos a precios. Su estimación, que es una proyección y no un dato, es que el año termina con 3.000 empresas industriales y 90.000 puestos menos.
El Gobierno tiene una respuesta: los motores son otros. Litio, cobre, gas, petróleo. Y es verdad que donde están esos motores hay trabajo. Un informe de la Universidad Austral sobre datos del INDEC muestra que en la región de Neuquén y Río Negro el desempleo es de 2,5%. El mismo informe dice que en el Gran Rosario saltó de 7,7% a 11,5% en un año, el más alto del país, y que en el Gran Córdoba llegó a 10,5%. Vaca Muerta no queda en Rosario. El tornero de Ferreyra no se muda a Añelo.
Hay algo más. Ayer mismo la Argentina firmó, junto con Estados Unidos y otras economías, una declaración contra la sobreproducción industrial que apunta a China sin nombrarla. El representante comercial de Trump dijo que esos excedentes desplazan la producción local y perjudican a los trabajadores. Estoy de acuerdo con el diagnóstico. Lo que no entiendo es firmarlo en Milwaukee y hacer lo contrario en Buenos Aires.
Un rebote es un número. Un rumbo es una decisión. El ministro festejó el número. La decisión, por ahora, es que el país fabrique menos.