Endeudarse para llegar a fin de mes ya no es una excepción: se volvió regla. Y los números empiezan a mostrar con crudeza hasta dónde llegó ese límite.
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Según los últimos datos del Banco Central, la morosidad de las familias argentinas pegó un salto fuerte en apenas un año.
Pasó de 2,67% a 10,6% en enero de 2026. Traducido: se cuadruplicó. Y no hay que ir muy lejos para entender por qué.
Detrás de ese número hay un combo que no cierra por ningún lado. Por un lado, tasas de interés que siguen en niveles altísimos. Por el otro, ingresos que no acompañan y vienen perdiendo contra la inflación desde hace meses.
Deudas en rojo: la morosidad se cuadruplicó y ya es la más alta en 20 años
El golpe se siente especialmente en los instrumentos más usados para el día a día. Los préstamos personales ya tienen niveles de irregularidad por encima del 13%, mientras que las tarjetas de crédito rondan el 11%.
Ahí aparece un fenómeno cada vez más común: el famoso pago mínimo. Lo que antes era un recurso puntual, hoy se volvió una especie de salvavidas permanente.
El problema es que ese salvavidas viene con ancla: tasas cercanas al 4% mensual que hacen que la deuda crezca sin freno.
En otras palabras, muchos usuarios ya no pagan para cancelar lo que deben, sino apenas para patear el problema un poco más adelante. Y así, la bola de nieve se agranda.
Fuera del sistema bancario tradicional, el panorama es todavía más delicado. En las billeteras virtuales, la morosidad llega hasta el 25%. Un dato que muestra cómo el crédito más accesible también es el más riesgoso.
En el fondo, lo que aparece es un escenario de sobreendeudamiento. Cada vez más familias toman créditos no para invertir o consumir bienes durables, sino para cubrir gastos corrientes: comida, servicios, alquiler.
Desde el Gobierno hablan de un “acomodamiento” que llegará con el tiempo. Pero en la calle la sensación es otra: la deuda dejó de ser una herramienta y pasó a ser una trampa.
Mientras tanto, el problema no se limita a los hogares. También empieza a impactar en pymes, con niveles de mora que ya muestran diferencias marcadas según el tamaño de las empresas y la región del país.