Respetar el contrato electoral. De eso se trata. El presidente, Alberto Fernández, hizo campaña con el slogan "volver mejores". Esa frase implicaba hacer revisionismo sobre el último gobierno kirchnerista y suplir las falencias que llevaron a la sociedad a votar a una coalición de centroderecha que resultó un retroceso enorme en la calidad de vida de los argentinos. La postura sobre Venezuela, por supuesto, estaba incluida en el paquete de errores.

Desde el anuncio de la fórmula Fernández-Fernández, el presidente -aún vestido de candidato- dejó en claro cuál era su postura respecto del país gobernado por Nicolás Maduro: el repudio a las violaciones de los derechos humanos que informó Michelle Bachelet -Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos-; el pedido de elecciones libres y democráticas; el cese a los bloqueos económicos y el impedimento de una intervención militar estadounidense. Con su voto, Argentina no se movió un centímetro de su postura inicial.

¿Acaso no es eso lo que corresponde para un gobierno? Criticar por haber votado en contra de Maduro y a la par del brasileño Jair Bolsonaro o del chileno Sebastián Piñera es, por un lado, obviar que en esos votos también están la alemana Ángela Merkel o el español Pedro Sánchez y gran parte de la comunidad internacional. Y, por el otro, pretender una hipocresía.

No hay un solo informe fiable que niegue lo que Bachelet señaló en su informe. El voto de Alberto Fernández no lo hace aliado del Grupo de Lima. Al contrario, le da autoridad moral para criticar el apoyo de Piñera a los carabineros o la opresión de Bolsonaro a las diversidades porque también lo hizo con aquellos países con los que tiene alguna simpatía ideológica.

La misma Cristina Kirchner había asegurado, tiempo atrás, que "en Venezuela no hay Estado de Derecho" y usó ese argumento, que la hacía digna, para afirmar que en la Argentina de Mauricio Macri tampoco. En el Frente de Todos hay diversas posturas y conviven personalidades. Las internas son inevitables. Lo que no hay que perder de vista en ellas es que el 48% de los argentinos los votó por lo que el presidente dijo. Es decir, hay un contrato electoral entre esos votantes y el gobierno. Moverse de ahí sería no respetarlo. Por ahora, Alberto Fernández mantiene la coherencia.