Esta semana que está por terminar fue sin dudas la más convulsionada que le tocó vivir al Gobierno del Frente de Todos desde que le tocó hacerse cargo de una Argentina arrasada por el feroz endeudamiento, la aniquilación de la industria nacional y el deteríoro de los salarios del conjunto de las y los trabajadores por parte de la alianza Cambiemos.

El proceso de bolsonarización de la alianza Juntos por el Cambio se puso en marcha desde que el expresidente Mauricio Macri le cedió el bastón de mando a su ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y la designó como presidenta del PRO. Es una posición que le sienta muy cómoda a la oposición y se viene demostrando a medida que el Gobierno avanza los respectivos casilleros y sacude el tablero con dos movimientos claves para cortar con los privilegios de los poderosos: la reforma judicial y el impuesto a las grandes fortunas.

Desde el momento que definieron al Gobierno como una infectadura y pasaron a responsabilizar a la vicepresidenta Cristina Kirchner de haber mandado a asesinar a su exsecretario Fabián Gutiérrez, generó una de las primeras grietas en el diálogo político que se venía construyendo entre oficialismo y oposición. Pero las movilizaciones anticuarentena en fechas patrias sumado al papelón que protagonizaron en el Congreso tras acudir de manera presencial a la votación de los proyectos de ley en beneficio del turismo y en contra de la pesca ilegal, justamente en el momento de mayor cantidad de contagios y muertes ya no sólo en el AMBA, sino en todo el país, aceleró el proceso del “no diálogo” que tanto suelen presumir.

La muestra más clara se presentó esta semana, en la misma que la Justicia ecuatoriana confirmó la inhabilitación del expresidente Rafael Correa para postularse como vicepresidente de su partido en las próximas elecciones presidenciales, cosa que también sucedió en Bolivia contra Evo Morales, esta vez para la aspiración a un cargo en el Senado boliviano, la Policía Bonaerense tuvo uno de los primeros movimientos voluntarios de desestabilización contra el Gobierno, presentando al reclamo como “salarial” cuando el trasfondo del conflicto fue netamente político. 

La respuesta sagaz por parte del Presidente de transferir un punto de los fondos de la coparticipación de Ciudad a la Provincia de Buenos Aires, resultó una de las maniobras políticas más eficaces que tuvo al Gobierno hasta el momento. En primer lugar, logró destrabar el conflicto y los uniformados automáticamente desconcentraron la Quinta de Olivos y automáticamente retomaron a sus puestos de trabajo. Por otro lado, a partir de un hecho político, cristalizó su propuesta de campaña de volver a convertir a la Argentina en un país federal, desconcentrando poco menos de la mitad de los fondos que Macri le había asignado a la Ciudad en 2016 por decreto. Y tercero, que no es menor, demostró que en el caso que Juntos por el Cambio presente un escenario de confrontación, el Gobierno no le temerá a la batalla. Por el contrario, se meterá en el barro y buscará sorprender con un golpe certero, donde más duela y cuando menos lo esperan.

Sin embargo, sería necio no admitir que las campañas plagadas de odio por parte de los trolls que comanda el exjefe de Gabinete Marcos Peña, quien ya se encuentra trabajando en la campaña presidencial que intentará impulsar a Horacio Rodríguez Larreta como el próximo abanderado de la oposición, en conjunto con las operaciones de los medios hegemónicos de comunicación, representan una de las estrategias que mejor le sientan en este momento porque a la hora de presentar algún resultado en cuanto a propuestas o proyectos de ley, es uno de sus puntos más débiles. Como contrapartida a esa violencia que ejercen, por ejemplo, las palabras de Máximo Kirchner para conformar una "sociedad más igualitaria y solidaria" y acompañar esa iniciativa con el hecho político de convertir en Ley la donación de plasma para combatir al coronavirus.

Sin embargo, tampoco es bueno naturalizar la violencia en la política. No puede ser que en un país que lleva 37 años de democracia de manera ininterrumpida se naturalice que un diputado de la fuerza opositora como lo es Waldo Wolff, publique el número de teléfono del presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, y tanto él como su familia reciban amenazas de muerte.

No se puede naturalizar que en una misma semana una exdiputada como Elisa Carrió acuda a un programa de Todo Noticias y deslice la posibilidad que Cristina Kirchner quiera bajar al propio Presidente y a su compañero de fórmula que ella designó, al mismo momento que una unidad básica del Frente de Todos fue baleada en el barrio de Lugano y que la diputada Gabriela Estévez sea amenazada de muerte y tratada como “el cáncer del país” por sus convicciones políticas.

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El antiperonismo/antikirchnerismo/antipueblo es el corazón ideológico de la oligarquía que además es lo que mejor le sienta en términos de ¿debate? Político. Bien se sabe que el odio y la descalificación representan uno de los mecanismos más sencillos para evitar la discusión política. Pero lamentablemente, y pese a la imposibilidad de poder constituir un país más igualitario y establecer una sana convivencia democrática, el odio también es ideológico, está cobrando una mayor dimensión en los continentes de América y Europa, y por ende, ya no es una amenaza, sino una realidad que se debe confrontar. Lo que ocurrió en Bolivia a fines de 2019 nos avisa que los golpes de Estado ocurren en la región y también muy cerca de la Argentina, así como también los gobiernos militarizados elegidos por el sufragio popular como en Brasil.

La censura, siempre de la mano de la violencia, es un factor recurrente en la región en los tiempos políticos que corren. Después se analizará el cómo, pero mientras el Gobierno está obligado a resolver los groseros fallos de comunicación ligados a la pandemia, este espacio que generó su principal adversario político podría representar una oportunidad para enmendar esos errores comunicacionales. Y el Gobierno ya demostró que en ese área de confrontar, al menos por el momento, se puede hacer fuerte. Muchos suelen asociar al éxito de una mejor defensa contra un buen ataque. Pero en estos tiempos de fake news a la orden del día, la respuesta a un buen ataque siempre será un mejor contragolpe.